¿Existirá el “alma” más allá de las palabras con que se la describe, más allá del cuerpo y de la vida? El pintor austríaco Egon Schiele (1890-1918) fue un maestro del desnudo y un explorador del erotismo. Sus cuadros perturban, casi un siglo después de haber sido pintados, y algunas de sus obras –Amantes (1911), El abrazo (1917), Mujer sentada con la pierna izquierda levantada (1918)– se han convertido en auténticos iconos emocionales. Unos tres mil dibujos y 300 pinturas componen el legado de su corta trayectoria vital y artística. Aunque él mismo lo negara, realizó muchas de sus obras de carácter erótico como medio de ganarse la vida. Y sin embargo, hay algo más que erotismo desinhibido y amoral en esas obras. “La obra de arte erótica posee una santidad propia”, dice Schiele. “Pinto la luz que emana de todos los cuerpos”. El expresionismo dio importancia primordial al mundo de las emociones internas. Ya en 1911 Kandinsky definió al naciente siglo XX como “el siglo de lo interior” frente al siglo XIX, “el siglo de lo exterior”. Schiele, como todos los expresionistas, buscaba captar la psique, el espíritu en su unión con el cuerpo. Como escribe la poeta mexicana Rocío Cerón, “Schiele, más que dibujar pieles, retrató almas”. Quizá sea eso lo que todavía nos perturba: sus pinturas traspasan la frontera de las apariencias, contienen algo que se sitúa más allá de la materia, nos restituyen la capacidad de “sentirnos” en lo más hondo e inescrutable de nuestro ser.
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